Las vacaciones en este plano terminaron para Pedro Friedeberg. El celebradísimo creador de la Silla-mano, amigo de Mathias Goeritz, Remedios Varo y Leonora Carrington, el último gran bon vivant del arte mexicano, antisolemne hasta la médula, pero caballero como pocos, falleció ayer a los 90 años, en San Miguel de Allende.
Él mismo denominó la vida como un periodo vacacional. Así tituló sus Memorias no autorizadas… y afirmaba que el asueto duraba “366 días en año bisiesto”, pero que “algún día” pasaría a otra vacación. “Pedro murió rodeado de su familia, con mucho amor y en paz (…) Su obra y su espíritu creativo dejan un legado inmenso”, informaron sus familiares en redes sociales.
También lamentaron su partida la Secretaría de Cultura del Gobierno de México, el INBAL y la UNAM. Pedro Friedeberg nació el 11 de enero de 1936, en Florencia, Italia, pero llegó a México de niño, con su familia, huyendo de la Segunda Guerra Mundial. Aquí se quedó y también aquí abrazó el arte, tras abandonar los estudios de Arquitectura en la Ibero.
Goeritz fue fundamental en la decisión y después se involucró con toda la camada de surrealistas que eligieron México para crear, incluidos Edward James, Alice Rahón o Bridget Tichenor. A él mismo se le definió como surrealista, pero también esa categoría fue motivo para la socarronería: “Ya todo el mundo es surrealista, es la globalización del surrealismo, ya cualquier país es surrealista”.
Excéntrico, extravagante y curioso, fue autor de una obra “barroca”, atiborrada de detalles y perspectiva, en la que el humor tenía un papel preponderante. Siempre se interesó por los objetos: su casa era una vitrina gigante en la que conservaba miles de cerámicas, juguetes, cristales, piezas de ajedrez o muebles. Quizás, y para su disgusto, su famosa Silla-mano será la pieza por la que más se le recordará. La creó en 1962, después de incursionar en el diseño de muebles para la exposición de antiarte del grupo Los Hartos. La creó sin pensar en su utilidad como mobiliario, sino como una escultura que labró en caoba el carpintero José González, quien también trabajaba con Goeritz, a partir de una maqueta de plastilina.
El trabajo siempre fue el impulso de Friedeberg, era la oración con la que empezaba el día. Trabajaba cinco o más horas al día:
“Cuando me levanto luego luego trabajo, ese es como mi rezo, mi plegaria, mi meditación es mi trabajo, mi terapia”, decía. Con ese ímpetu creativo, la obra del artista aparecía siempre en exposiciones, ferias y bienales, de las últimas fueron su participación en la colectiva “Bajo el signo de Saturno. Adivinación en el arte”, exhibida en el Munal y la individual “Ciudad Épsilon” que se exhibió en el Museo de Arte Contemporáneo de Querétaro.
En octubre de 2025, su familia informó sobre “una pausa en su producción para pasar tiempo con su familia” y cerró cualquier relación con Alejandro Sordo, quien fungía como su representante artístico.
Con Información de El Heraldo De México



