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Coliving: Repensar el hogar para la pertenencia temporal y los estilos de vida móviles

16 julio, 2026
in Vida y estilo
Coliving: Repensar el hogar para la pertenencia temporal y los estilos de vida móviles

A medida que el co–living se asocia cada vez más con estudiantes, profesionales jóvenes y otras personas residentes con un estilo de vida móvil, surge una pregunta arquitectónica más amplia: si el hogar ya no está vinculado a la residencia a largo plazo, ¿qué debería esperar la arquitectura que provea la vivienda privada?

La gente se muda por estudios, por un trabajo temporal o por una trayectoria profesional que la lleva constantemente a nuevos destinos. Hoy en día, muchas personas contemplan pasar un período definido en un lugar antes de marcharse. La vivienda construida para ellas debe ir más allá de ofrecer refugio: tiene que dar soporte a las rutinas mediante las cuales alguien se adapta a un entorno desconocido en el breve tiempo que sabe que pasará allí. Un año en una ciudad le exige a un departamento algo muy diferente a lo que le exigiría una vida entera, aunque en los planos los metros cuadrados parezcan los mismos.

Para quien reside sin la expectativa de quedarse, esta pregunta no es abstracta. Determina qué se diseña para contener dentro de la unidad privada y qué se cede, en cambio, al espacio compartido. Tres proyectos recientes, en tres ciudades distintas, responden a este interrogante de tres maneras diferentes.

En lugar de fijar el límite entre el espacio privado y el compartido, Salva46 permite que este se desplace a lo largo del día. El departamento de 65 metros cuadrados en Barcelona, diseñado por MIEL Arquitectos y Studio P10, se divide en dos unidades independientes —una en cada fachada— para que un núcleo compartido se ubique en medio de ambas en lugar de quedar a un costado. Cada unidad alberga únicamente lo que una persona necesita de forma internacional: una cama, un escritorio y una ducha. Todo lo comunitario —la cocina, la mesa del comedor y el espacio para socializar— se sitúa en el centro. Durante el día, paneles divisorios corredizos permiten a quienes habitan el lugar abrir su unidad hacia ese núcleo compartido, trasladando la vida cotidiana hacia afuera. Por la noche, los mismos paneles sellan la unidad, convirtiéndola de nuevo en una habitación privada. La altura del departamento deja espacio para dos pequeños entrepisos suspendidos sobre las camas, sumando un lugar para trabajar o leer. El hogar no está fijado a un lado de esa división; se mueve con ella. El proyecto asume que quien desconoce la duración de su estadía necesita menos permanencia, no más espacio: un hogar que se reconstruye cada día en vez de uno que se define de una vez y se deja estático.

Ulisseia, de Atelier JQTS en Lisboa, no se compromete a ser un hogar en todo momento. Construido al interior de un almacén industrial reconvertido, el proyecto separa las habitaciones privadas —dispuestas a lo largo de la estructura original del almacén— de un conjunto de espacios comunes circulares de diferentes tamaños que se vuelven más pequeños e íntimos a medida que se alejan de la entrada principal. La división entre ambos no es meramente espacial. Cuando el edificio aloja a un grupo durante la noche, las habitaciones privadas se abren hacia esa cadena de espacios circulares. En cambio, cuando se utiliza únicamente para eventos culturales, sociales o comerciales, los cuartos se cierran por completo y los espacios circulares siguen funcionando de manera independiente, orientándose hacia el río y los edificios industriales del otro lado de la calle. El edificio carece de una identidad fija, pero aun así funciona como un hogar. El proyecto parte de la premisa de que quien está de paso por una ciudad no necesita que el edificio le prometa permanencia a la manera tradicional, y que este solo debe activarse cuando realmente se le necesite. El edificio nunca fue diseñado para ser de uso residencial exclusivo. Incluso sus habitaciones más pequeñas tienen su propio baño y un tragaluz que encuadra una vista directa al techo original del almacén, de modo que el espacio más privado del edificio sigue remitiendo a la estructura que comparte con las demás personas.

Dozen Doors, de gon architects, lleva esta misma lógica un paso más allá, bajo el supuesto de que el espacio compartido puede albergar casi todo lo que una habitación privada no puede. En el barrio madrileño de Tetuán, el proyecto transforma una vivienda unifamiliar en alojamiento para doce estudiantes universitarios/as de diversos países que llegan para cursar el mismo programa de maestría de un año y parten casi al mismo tiempo. Sus habitaciones privadas se reducen a unos 10 metros cuadrados y contienen únicamente una cama, un baño y un área de estudio: lo mínimo que una persona necesita para dormir, asearse y trabajar en solitario. Casi todo lo demás —cocinar, convivir, socializar— se traslada a una cocina, comedor, sala de estar, sala de juegos y terrazas de uso común, conectados por una escalera central que organiza la disposición de los espacios privados y colectivos en cada planta. Al no contar la habitación privada con espacio para cocinar, estar con otros/as o recibir visitas, los y las residentes no eligen propiamente pasar tiempo juntos/as; terminan haciéndolo porque no hay otro lugar donde hacerlo en su propia unidad. La arquitectura no construye comunidad solicitándola; la genera al suprimir la opción de evitar el encuentro.

Lo que vincula a Salva46, Ulisseia y Dozen Doors no es una estrategia única, sino una postura compartida: ninguno de ellos trata la relación entre el espacio privado y el común, ni el papel del edificio como hogar, como algo definido de una vez por todas. Salva46 renegocia ese límite a diario, dejando la decisión en manos de quien lo habita en lugar de las del arquitecto o arquitecta. Ulisseia activa y desactiva la función misma del edificio según quién lo use y cuándo, de modo que los mismos cuartos que albergan a un o una residente una semana pueden acoger el evento de personas desconocidas a la siguiente. Dozen Doors traslada tal porción de la vida cotidiana al espacio compartido que la habitación privada apenas sirve para algo más que dormir, bajo la premisa de que doce personas sin casi nada en común, salvo su fecha de partida, pueden llegar a conformar un hogar común.

Ninguno de estos proyectos resuelve por completo el problema al que responde. La flexibilidad de Salva46 solo funciona si quien lo habita realmente cierra la puerta por la noche, ya que nada le obliga a hacerlo. Ulisseia puede dejar de ser el hogar de alguien durante una semana si se programa un evento en su lugar. Dozen Doors deja tan poco espacio privado a quienes lo habitan que terminan dependiendo de personas con las que no eligieron convivir. Con todo, los tres abordan el hogar como algo que no requiere de un espacio fijo y permanente para existir: puede construirse dentro de algo pequeño, de algo temporal o de algo compartido con personas desconocidas, siempre y cuando se sostenga durante el tiempo real de estadía de su habitante. 

Con información de Arch Dayli

Tags: estilohogarvida
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