Que un niño rechace un alimento no significa necesariamente que sea un “mal comedor”. Durante los primeros años de vida es frecuente que aparezcan conductas como la neofobia alimentaria —el rechazo o temor ante alimentos nuevos— y la selectividad, que puede llevar a aceptar sólo determinados sabores, texturas, colores o preparaciones. La evidencia científica señala que estas conductas son comunes durante la infancia y que la relación entre lo que comen los niños y la manera en que los adultos responden ante sus elecciones puede influir en la experiencia alrededor de la mesa.
Además, después del primer año de vida el ritmo de crecimiento disminuye, por lo que el apetito puede variar. Esto hace que un niño pueda comer con entusiasmo en una comida y mostrar mucho menos interés en la siguiente. Más que evaluar una sola comida, es importante observar su alimentación y crecimiento a lo largo del tiempo. Cuando existen dudas sobre la cantidad o variedad de alimentos que consume, o si hay señales de problemas de crecimiento, lo adecuado es consultar con un profesional de la salud.
Comer bien va más allá de terminar el plato
En México, hablar de alimentación infantil implica mirar también un problema de salud pública de grandes dimensiones. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición Continua 2020-2024, 36.6% de los niños de 5 a 11 años presenta sobrepeso u obesidad: 19.0% tiene sobrepeso y 17.6%, obesidad. En adolescentes de 12 a 19 años, la prevalencia combinada alcanza 40.1%.
La situación es especialmente relevante porque el exceso de peso puede comenzar desde edades tempranas y mantenerse durante las siguientes etapas de la vida. El reto, sin embargo, no consiste simplemente en conseguir que los niños coman “menos” o que terminen todo lo que se sirve, sino en favorecer patrones de alimentación variados y adecuados, así como una relación saludable con las señales de hambre y saciedad.
Las políticas públicas mexicanas han comenzado a poner mayor atención en los entornos donde los niños comen. En 2024 se publicaron nuevos lineamientos para la preparación, distribución y expendio de alimentos y bebidas en las escuelas del Sistema Educativo Nacional, con criterios orientados a favorecer alimentos naturales y frescos así como limitar la oferta de productos con exceso de azúcares, grasas y sodio.
Las Guías Alimentarias Saludables y Sostenibles para la Población Mexicana también plantean una alimentación basada en alimentos frescos y culturalmente pertinentes, además de promover que las comidas se compartan en familia. La edición más reciente señala que comer juntos favorece el aprendizaje de hábitos y de prácticas culinarias.
Pero los hábitos no se construyen únicamente en la escuela. La mesa familiar es uno de los primeros espacios donde los niños aprenden qué, cómo y cuándo comer.

Cinco estrategias para evitar las batallas en la mesa
1. Empieza con porciones pequeñas
Un plato demasiado abundante puede resultar abrumador para un niño, además de no corresponder necesariamente con sus necesidades. Servir cantidades pequeñas permite que el menor observe, pruebe y, si todavía tiene hambre, pida más.
La alimentación responsiva propone precisamente que los adultos atiendan las señales de hambre y saciedad de los niños, en lugar de intentar controlar de manera rígida cuánto deben comer. Revisiones sistemáticas han encontrado que las prácticas de alimentación que reconocen estas señales pueden favorecer una regulación más adecuada de la ingesta durante los primeros años.
2. Evita convertir la comida en una negociación
“Una cucharada más”, “si te lo acabas te doy postre” o “si no comes, no hay televisión” pueden convertir el momento de comer en un espacio de presión.
La evidencia sobre prácticas de alimentación infantil sugiere que ejercer presión para comer y utilizar estrategias coercitivas puede relacionarse con comportamientos alimentarios menos favorables. Una revisión sistemática publicada en 2026 encontró una asociación entre la presión para comer y mayores niveles de neofobia alimentaria, mientras que el modelado —que los adultos coman y muestren aceptación de distintos alimentos— se relacionó con menor neofobia.
Esto no significa dejar que el niño decida por completo qué come. Los adultos siguen siendo responsables de ofrecer alimentos variados y establecer una estructura de comidas; el niño puede participar en decidir cuánto consume.

3. No descartes un alimento después del primer “no”
Que un niño rechace una verdura hoy no significa que vaya a rechazarla para siempre. La familiaridad importa.
Diversos ensayos controlados han demostrado que ofrecer repetidamente un alimento inicialmente rechazado puede incrementar su aceptación. En uno de ellos, la exposición repetida a una verdura durante dos semanas aumentó tanto su consumo como el gusto reportado por los niños.
La clave está en ofrecer sin obligar: una pequeña cantidad puede volver a aparecer otro día, quizá preparada de otra manera. Una zanahoria cruda no tiene la misma textura que una cocida; un vegetal asado tampoco ofrece la misma experiencia sensorial que uno al vapor.
4. Come con ellos y deja que te vean
Los niños también aprenden por observación. Si en casa las verduras, frutas, leguminosas y otros alimentos forman parte habitual de las comidas familiares, su presencia deja de ser extraordinaria.
Las recomendaciones mexicanas de alimentación saludable incluyen precisamente el consumo de alimentos en familia y reconocen la comida compartida como una oportunidad para desarrollar hábitos y aprender prácticas culinarias.
Por eso, en lugar de preparar un menú completamente diferente para cada integrante de la familia, puede ser útil ofrecer una misma comida con adaptaciones apropiadas para la edad, textura y necesidades del niño.

5. Haz de la variedad una experiencia, no una obligación
Una alimentación adecuada durante la infancia debe ser variada y aportar los nutrimentos necesarios para el crecimiento. Las Guías Alimentarias Saludables y Sostenibles para la población mexicana promueven el consumo de alimentos frescos, entre ellos verduras, frutas, leguminosas y otros grupos que forman parte de una dieta equilibrada.
Para favorecer esa diversidad, puede ayudar involucrar a los niños en actividades sencillas: elegir una fruta en el mercado, lavar verduras, mezclar ingredientes o decidir entre dos opciones saludables para acompañar una comida. El objetivo no es convertir cada comida en una lección de nutrición, sino hacer que los alimentos sean familiares y que comer sea una experiencia cotidiana y agradable.
Una relación saludable empieza en la mesa
La alimentación infantil no se construye en una sola comida. Un niño puede necesitar tiempo para familiarizarse con un alimento, atravesar periodos de mayor o menor apetito y modificar sus preferencias conforme crece. La evidencia disponible apunta hacia una estrategia menos centrada en la presión y más en la exposición gradual, el ejemplo familiar y la atención a las señales de hambre y saciedad.
En un país donde el exceso de peso infantil representa un desafío de salud pública, enseñar a comer mejor no significa obligar a los niños a terminar el plato. Significa crear desde temprano un entorno en el que los alimentos nutritivos estén disponibles, sean parte de la vida familiar y puedan descubrirse sin miedo ni conflicto.
A veces, frente al inevitable “ya no quiero”, la mejor respuesta no es insistir. Puede ser simplemente retirar el plato sin dramatizar y volver a ofrecerlo en otro momento.
Con información de Food And Wine



